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La Fundación Caja de Burgos acoge en la Casa del Cordón la exposición 'Baltasar Lobo. Escultura en plenitud'

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La Fundación Caja de Burgos acoge en la Casa del Cordón la exposición 'Baltasar Lobo. Escultura en plenitud'

La muestra, que permanecerá abierta hasta el 7 de enero, recorre la obra de uno de los grandes artistas de la vanguardia europea a partir del legado que dejó a la ciudad de Zamora

La sala de exposiciones de la Casa del Cordón acoge desde hoy y hasta el próximo 7 de enero la muestra Baltasar Lobo. Escultura en plenitud, con más de setenta obras que proceden del legado que el artista dejó a la ciudad de Zamora y que sintetizan la trayectoria de uno de los grandes artistas de la vanguardia europea, un creador consciente de la trascendencia de su trabajo que manejó la talla directa y el modelado, investigó y extrajo de la fundición del bronce todas sus posibilidades plásticas.

Los fondos que componen la exposición pertenecen a la fundación que lleva su nombre. La casi totalidad de las piezas expuestas proceden del depósito custodiado en el Museo de Zamora y en su mayor parte no han sido expuestas hasta la fecha. Algunas de ellas han figurado en exposiciones temáticas locales, pero nunca habían sido mostradas de manera conjunta.

La figura de Baltasar Lobo (Cerecinos de Campos, Zamora, 1910-París, 1993) se agiganta con el tiempo. Aclamado y reconocido por la crítica europea y americana, en nuestro país su enorme figura tardó en ser distinguida con el merecimiento debido. Lobo, formado inicialmente en la tradición escultórica española, inicia en rigor su carrera en Francia tras exiliarse después de la Guerra Civil. Pero, antes que uno de los integrantes de la llamada Escuela de París, el zamorano fue sin duda y ante todo un artista distinto, diferenciado de sus coetáneos españoles.

A todas luces Lobo es uno de los grandes artistas de la vanguardia europea, con la que mantuvo una relación franca, nítida, consciente, arriesgada y rompedora. Comienza en la senda del cubismo, transita por el surrealismo y la abstracción sin dejar nunca de marcar su propia senda, un camino caracterizado por el amor al volumen, a la masa, a las formas sinuosas, gráciles y dinámicas.

La escultura de Lobo atrapa instantáneamente. No solo por los temas elegidos: el cuerpo, la maternidad y la evocación poética, sino porque de casi toda su obra emana una suerte de alegría, de positivismo, de pasión contagiosa por la belleza. Las formas invitan a ser recreadas, a ser rehechas una y otra vez, abriendo un infinito campo de posibilidades creativas para el espectador.

Una de las particularidades de esta exposición es que, junto a sus celebrados bronces, se exhiben también trabajos en mármol que denotan la soberbia calidad de Lobo como escultor en talla directa. Bloques de piedra trazados, con sus marcas de autor, con las rugosidades de las zonas acometidas por el cincel, con las áreas ya pulidas y con aquellas otras que el artista sopesa cuidadosamente antes de decidir su acabado final. Son obras estas que denotan una asombrosa modernidad y en la que podemos sentir de modo fehaciente su pulso, su pasión, su fuerza creadora, su aliento artístico.

Algo similar puede decirse de los modelos de yeso seleccionados para la muestra, donde la mano del artista en su conformado permanece inalterada. Estos modelinos, antesala del proceso de fundición y de su conversión en bronces, mantienen aún intacto el aura del artista, su cuidado, su precisión, su amor por el detalle, su respeto absoluto por un trabajo que amaba y que estas piezas comunican con una intensidad arrebatadora.

Además de la escultura, la exposición se completa con algunos dibujos realizados en los años treinta, casi los únicos testimonios de su trabajo anterior al exilio tras la Guerra Civil española, así como algunas ediciones ilustradas que muestran la capacidad de Lobo para la gráfica: trazos sueltos, sintéticos y gráciles solo alcance de los artistas verdaderamente dotados.

LA EXPOSICIÓN
ECOS DE UN MUNDO APENAS ENTREVISTO
Los pocos testimonios conservados del trabajo de Baltasar Lobo realizados en España convierten a estos dibujos e ilustraciones en una valiosa fuente para conocer las preocupaciones, tanto sociales como artísticas, de nuestro autor. En la Francia ocupada de 1940 Lobo apenas puede trabajar más que en obras de pequeño formato que elabora en yeso o terracota y que en ocasiones consigue fundir en bronce. Figuras que recrean situaciones cotidianas, ocupadas en momentos íntimos, un tanto ausentes de cuanto las rodea, en un ensimismamiento que transforma lo rutinario en trascendente.

LO REAL, LO SOÑADO
Una breve estancia en la ciudad costera de La Ciotat en 1946, adonde había llegado junto a su esposa en busca de reposo, acabó siendo determinante para la obra de Lobo y para su percepción pública. El reencuentro con la luz, con no pocos españoles exiliados en el entorno de Marsella y Toulon, con los cuerpos en la arena y el agua, con el juego y el desenfado, permiten a Lobo explorar hasta el límite las posibilidades escultóricas de un tema que le acompañará durante largo tiempo. Maternidades de inspiración clásica y mediterránea con las que compone unas figuras únicas y dúplices a la par.

BUSCAR LO PRIMORDIAL. SUGERIR EL CUERPO
A medida que la influencia de artistas como Pablo Picasso y Henri Laurens va quedando atrás, la obra de Lobo se torna más esencial, más depurada y por supuesto más personal. Los cuerpos que Lobo esculpe en este tiempo exploran hasta el extremo, sin necesidad de torsiones ni gestos superfluos y grandilocuentes, asuntos que han sido propios de la escultura desde su origen: el volumen, el modo de resolver la frontalidad, el ritmo, la composición, la seducción de lo táctil, la sensualidad y la gracia.

VOLÚMENES PLENOS. ANATOMÍAS INCOMPLETAS
El desnudo femenino continuará marcando el compás de la obra crepuscular de Lobo. Anatomías muchas veces acéfalas conviven con la depuración extrema que suponen los cuerpos segmentados. Lo fugaz, lo temporal, convertido en eterno en unos desnudos hipnóticos, de volúmenes ondulados, imaginariamente mórbidos, maleables, pero absolutamente macizos e impenetrables.

UNA NOTAS SOBRE BALTASAR LOBO
Tal vez porque Lobo es en la práctica un artista francés (a la capital de Francia llegó en 1939 y salvando los pocos testigos de su trabajo precedente en España, es allí donde discurrirá toda su carrera), su fortuna crítica ha tenido siempre más que ver con el país vecino que con el nuestro. Acogido por Picasso, conoce en los primeros meses de su destierro a Julio González y Anton Pevsner, pero será sobre todo el encuentro con Henri Laurens el que marcará su camino inicial.

La referencia a Laurens es obligada, pero su influencia formal, siempre respetada por Lobo, se irá diluyendo en los años cuarenta en beneficio de una escultura inserta en el debate que sobre su renovación alientan destacados artistas franceses.

La emancipación del cubismo, la "humanización" como llegan a decir algunos de sus integrantes, permite a Lobo interesarse por lo orgánico, por la figura armónica y por temáticas hasta entonces no exploradas por la vanguardia. Surgen así en los años cuarenta y cincuenta sus celebradas "maternidades", con las que será reconocido en los medios artísticos parisinos. Jóvenes mujeres que juegan con sus hijos, los alzan o acunan. Un alegoría de la vida frente al dolor sufrido en las décadas anteriores de guerra privaciones.

Un escultura de figuras reclinadas, de disposición horizontal, y de bustos y torsos totémicos, preside su trabajo en la segunda mitad de los años cincuenta. Desnudos recostados, cuerpos sensuales que, más allá de su apariencia inmediata, no renuncian a la anatomía, a su percepción vagamente naturalista. Formas suaves que invitan al tacto, desinhibidas y cuya cadencia ondulada no deja de evocar la estatuaria clásica en los torsos y cabezas creados en esta época.

A partir de los años sesenta la escultura de Lobo acentúa esa vertiente clasicista. Motivos animales resueltos con volúmenes más depurados, de mayor vocación geométrica junto a una pléyade de figuras femeninas ocuparán el interés del artista. Desnudos completos en los que el cuerpo es el protagonista absoluta. En ocasiones el rostro y las manos se sugieren estilizados, reducidos a un óvalo, o simplemente desaparecen. Se trata de obras de enorme fuerza poética que desarrolla en numerosas variantes tipológicas.

En los últimos años de su vida la depuración formal, ya iniciada en la segunda mitad de los setenta con una serie de volúmenes metafísicos, confiere a su obra tal sutileza, tal perfección, tal madurez conceptual, como pocas veces aparece en un artista en plenitud. Uso de la frontalidad, dominio de las torsiones, sensualidad carnal, esbozos corporales, síntesis y armonía en suma, presiden este tiempo. son naturalezas incompletas que aluden precisamente a la plenitud, a lo en verdad firme y duradero, a lo que se sobrepone a toda fugacidad.

La figura de Baltasar Lobo encierra en sí misma toda una lección sobre la soledad de la creación, el alto precio que a menudo hay que pagar por ser fiel a unas ideas y la perseverancia en el trabajo, al margen de toda recompensa.

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