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Zamora renueva su silencio al paso del Cristo de las Injurias Destacado

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Zamora renueva su silencio al paso del Cristo de las Injurias

La ciudad ha guardado silencio al paso del Cristo de las Injurias, el portentoso Crucificado de la Catedral, que ha recorrido las viejas rúas acompañado de miles de cofrades que hincaron su rodilla en el suelo para ofrecer su silencio individual, la promesa, el juramento.

El toque de clarines anunciaba a las ocho y media la salida a la plaza de los cofrades mientras la Bomba de la Catedral prestaba su toque lúgubre y solemne a uno de los momentos más emocionantes de la Pasión, cuando la ciudad ofrece su silencio al Cristo de las Injurias mientras el incienso de los pebeteros se eleva al cielo y cae lentamente la noche.

La Plaza de la Catedral se ha convertido en una inmensa marea de terciopelo rojo en una de las estampas más sublimes de la Semana Santa de Zamora, la que se repite cada año cuando sale majestuoso el Cristo de las Injurias a sostener sobre sus hombros a una ciudad entera, a miles de almas. En el aire quedaban los acordes del chelo de Jaime Rapado interpretando como una lamentación la hermosa música de Enrique Satué.

Ya todos han regresado. Si desde el Lunes Santo la ciudad está literalmente desbordada de gente, la Plaza de la Catedral presentaba esta tarde su aspecto de Miércoles Santo, de día solemne, con las calles a rebosar de gente y de vida, de aquellos que vienen a vivir la Semana Santa que han aprendido de sus mayores o de quienes se acercan por vez primera a la ciudad para conocer la Pasión según la vive el pueblo zamorano, que entra en sus días más grandes, los más santos.

Algunos, incluso, ya aguardaban el paso de la procesión por la Rúa de los Francos cuando el reloj apenas sobrepasaba las seis y media de la tarde, dos horas antes de que saliesen a la plaza de la Catedral los primeros cofrades bajo un sol más propio de junio que de la mitad de abril.

Tras la plegaria emocionada del cirujano Enrique Crespo Rubio, el Obispo ha tomado el juramento a los hermanos, que han asentido. "Sí, Juramos", dijeron. Y entonces los clarines se convirtieron en el único sonido que rompía el aire de abril y primavera, así como los tambores que marcan el paso solemne del Cristo de las Injurias por la calle.

Todo es perfección en Él. Todo es Amor. La Vida y la Muerte. La mirada perdida, las manos enclavadas, la boca entreabierta. Todo está ahí, en la herida de su costado, en su preciosa sangre, en los pies que algunos hemos besado cuando sobrevuela por las naves de la catedral desde su altar y toma tierra antes de ser colocado en su mesa procesional.
En el Museo lo esperaban la directiva y los mayordomos de la Real Cofradía del Santo Entierro, que el próximo Viernes Santo lo acompañará a la Catedral para que regrese a su altar y a sus devotos del día a día, al silencio respetuoso que sin jurarlo guarda la ciudad durante todo el año, solo roto en voz baja a sus pies.

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