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Devoción a prueba de aguaceros Destacado

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Devoción a prueba de aguaceros

La Hermandad del Yacente efectúa su salida procesional bajo una intensa lluvia en una noche muy fría con la imagen protegida en una urna y llega a la Plaza de Viriato donde se ha interpretado el sobrecogedor Miserere.

El reloj daba las once en punto de la noche y las puertas de Santa María La Nueva se abrían con una puntualidad milimétrica para iniciar la procesión de Jesús Yacente por las calles, esta vez bajo un intenso aguacero y con frío, mucho frío, que no han podido con la devoción de casi mil cofrades que han proclamado con los pies descalzos y los hábitos empapados la fe viva que enciende la noche del Jueves Santo.

Todo está medido, nada queda al azar cuando los blancos penitentes abandonan Santa María para acompañar por la ciudad a la imagen, protegida este año de la lluvia en una urna transparente mientras las aceras se poblaban de paraguas esperando durante horas el paso de la imagen.

Una lluvia que ha arreciado con fuerza en una noche muy fría y ventosa pero que no ha detenido a los hermanos que, rigurosamente organizados de tres en fondo, encendían sus cirios rojos para iluminar el paso de Cristo Yacente por las calles aunque era casi misión imposible por el temporal.

A pesar de las predicciones de la Aemet, el Cabildo Menor ya había previsto la posibilidad del agua y ha protegido a la imagen en una fina urna transparente que ha permitido ver la maravillosa factura del Jesús Yacente a hombros de ocho hermanos en dos turnos de carga y alumbrado por cuatro gruesos cirios rojos como la sangre en la noche más blanca. 

La procesión salía de Santa María para dirigirse por la calle Carniceros y la Ronda de Santa María hacia el Arco de Doña Urraca y continuar después el itinerario que la lleva al Barrio de la Lana precedida del sonido del viático. Los mayordomos del año en curso portaban sus grandes cruces, mientras un hermano voluntario sustentaba sobre sus hombros la cruz de penitencia, solicitada con más de tres décadas de antelación y que constituye a la vez un orgullo, una prueba de amor y de fidelidad a una de las imágenes de mayor devoción entre los zamoranos. Algunos de los cofrades mostraban ya sus túnicas empapadas en los tramos iniciales de la procesión.

Pero la de hoy era una noche que se prestaba a la emoción y al recuerdo del gran Dionisio Alba Marcos, fundador de la hermandad y figura señera de la Semana Santa, que con la procesión del Yacente, desde sus profundas convicciones religiosas y desde su exquisito sentido de la estética, realizaba su máxima aportación a una ciudad a la que amó hasta el último minuto de su longeva vida. Su testamento, el tesoro que legó a los zamoranos; su memoria, su figura imprescindible para entender la Semana Santa del siglo XX se hacía presente en cada rincón, en cada detalle, en cada paso, en cada minuto de una procesión que se ha convertido en un referente de la Pasión en Zamora.

Cantores, penitentes y "hermanos de acera" han demostrado que Zamora es una ciudad que vive su fiesta pero que también reza y hace penitencia en pleno siglo XXI; que las inclemencias que no ha podido con los centenares de cofrades que integraban el cortejo penitencial ni con las miles de personas que han aguardado su paso especialmente en la Plaza de Viriato, donde llegaba en torno a la una de la madrugada.

Allí el silencio se hizo denso, se hizo verdad, y un año más fue como si las entrañas de la tierra se abriesen y de allí brotase el Miserere del Padre Alcácer, el cántico que une a vivos y muertos bajo la dirección de Pablo Durán, heredero de aquel hombre bueno, de aquel hombre santo de paciencia y bondad infinita que fue don Jerónimo Aguado. Entonces dejó de importar la lluvia, el frío, el viento, y Viriato se convirtió en un espacio para la mística mientras casi trescientas voces se elevaban al cielo y resonaban en la noche como resonaron en el templo para despedir al "padre" de la hermandad.

Bajo el caperuz, la certeza y la esperanza de que ese Miserere en la tierra era en verdad escuchado allá arriba. Porque no hay agua ni viento que borre la voz de un pueblo que se une en el rezo, en el canto.

GALERÍA (Fotos: Rafa Lorenzo)

MISERERE 

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