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San Esteban, con su bigote daliniano, en Espacio 36

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Exposición de Enrique Seco San Esteban en Espacio 36. Exposición de Enrique Seco San Esteban en Espacio 36.

A finales de agosto, en Madrid, pude presenciar la exposición sobre Salvador Dalí que organizó el Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía. No fue una exposición cualquiera, fue la exposición más importante de la historia de España, la más visitada, la más duradera, la que despertó mayor cobertura mediática de todos los tiempos.

Allí pude comprobar la raíz italiana de la pintura de Dalí. Su manejo de las técnicas pictóricas y del dibujo, su incesante creatividad, la capacidad para convertir sus ideas en símbolos, en auténticos iconos de la pintura universal. Salvador Dalí era un genio, qué duda cabe, y solo cuando los demás, los de fuera, nos enseñaron a verlo sin prejuicios, comprendimos su verdadera dimensión.

Hace poco tiempo, Salvador Dalí se dejó ver en la ciudad. Había tomado el cuerpo de Enrique Seco San Esteban para desarrollar lo que los críticos han llamado costumbrismo universal, que no es otra cosa que pintar escenas tradicionales, del campo, la familia, el paisaje, las piedras... escenarios, todos ellos, utilizados en la pintura española hasta la saciedad.

San Esteban nos ofrece, sin embargo, una nueva forma de costumbrismo, una pintura técnicamente impecable que, a base de trazos sueltos y rápidos, construye capa a capa una suerte de realismo de gran belleza. Al final, es la búsqueda de lo bello lo que nos empuja a visitar las exposiciones, a plantarnos delante de un cuadro durante varios minutos, en completo silencio, intentando escrutar cada pincelada, reconstruyendo el proceso entre el artista y el cuadro.

Quizá fuese Dalí el precursor de esa manera de pintar, de esa construcción delimitada en colores y capas, facilitando las cosas para los creadores de Photoshop muchos años después. Quizá Dalí se dejase ver en Espacio 36 para felicitar a San Esteban, para ofrecerle un irónico comentario sobre su obra o sobre sus lacónicos marcos negros a modo de palmada en la espalda, porque son muchos los pintores que aprendieron las maneras del maestro catalán.

San Esteban, también poeta, agradecía las visitas y el cariño mostrado por los espectadores con frases humildes y certeras, característica básica del costumbrismo, tan castellano. Tan español. Tan nuestro, como él, que con su trabajo y dominio del óleo ya se codea con otros grandes pintores locales, deudores de Dalí. Alumnos aventajados. Pintores reconocidos en zeta, como Antonio Pedrero, que comía caracoles en el Restaurante Libertén mientras Salvador y Enrique se estrechaban las manos después de que el maestro, en mitad de la galería, le dijese al alumno: Enrique, amigo, ¿sabes a dónde habrías llegado de nacer en otra parte?

David Refoyo
perdicioncity.blogspot.com
@drefoyo

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