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Carta a la niña Nadia

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Nadia (Foto: La Voz de Galicia) Nadia (Foto: La Voz de Galicia)

Quizá sea tu enfermedad, pequeña Nadia, la isla que te salve de saber las circunstancias que rodean tu caso, tu paso por los programas y platós, tu exposición a la opinión pública por la falta de escrúpulos de unos padres que han hecho de tus males una máquina de hacer dinero tocando las tripas de las gentes de bien.

En cualquier caso, si a pesar de todo te quieren o te han querido, su castigo será no disfrutar de tus días buenos y de tus días malos, de tus abrazos sin maldad, de tus manos de niña, tu sonrisa de niña, tus ojos de niña, esa inocencia que te aísla de todo mal, del movimiento de cuentas, del abuso de la solidaridad de la gente.

No son solo las otras familias, los otros niños con enfermedades raras las víctimas, Nadia. No. Tú eres la víctima primera de una estafa que aún resulta increíble por la falta de escrúpulos que la rodea. Por la utilización de tu enfermedad, que sí existe, para una vida de despilfarre a costa de exhibirte en los medios de comunicación como reclamo para engordar la cuenta corriente. Porque tú eres solo una niña que tuvo la mala suerte de nacer con una salud equivocada en una familia equivocada.

Y después vienen los demás, Nadia. Después sí. Todos esos niños que padecen enfermedades de costosísimos tratamientos, enfermedades sin apenas medios para su investigación. Todas esas familias que se ven impotentes para hacer frente a los desmanes de las células y los cromosomas, a los caprichos de la naturaleza, al dolor, a la incertidumbre y a la desesperanza. Familias que merecen todo  nuestro apoyo y nuestra confianza, toda nuestra solidaridad, porque ninguno estamos libres de que sea nuestra propia familia mañana la que tenga que buscar vías de financiación para investigar enfermedades desconocidas, para mejorar la calidad de vida de nuestros hijos y buscar tratamientos que ayuden a avanzar, a conseguir que no haya más Nadias, más Danielas, más Saras, más niños a la búsqueda de un camino.

Hablan ahora de una mala praxis del periodismo y profesionales como la copa de un pino han pedido públicamente perdón por no contrastar, como enseñan en las aulas como norma primera del oficio, la historia que desde hace años repetía tu padre plató tras plató, entrevista por entrevista, mientras todos los veíamos como un hombre coraje que se partía el pecho para detener tu envejecimiento prematuro, la interrogante de tu vida.

Pero mira, Nadia: por una vez doy gracias a esta profesión que no aprendió ni en las facultades ni en el ejercicio del día a día a inhibirse del dolor ajeno, que aún llama a la solidaridad y despierta las conciencias, que pone su voz al servicio de los más débiles, que aún intenta escribir en renglones derechos los renglones torcidos y retorcidos de los hombres. 

Un beso, pequeña niña, pequeña Nadia.

 

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