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Carta a sus majestades mis padres

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Niños jugando (mural de Antonio Pedrero) Niños jugando (mural de Antonio Pedrero)

Cada cinco de enero el cielo se tiñe de luz naranja y desando el camino hasta la niñez para salir al encuentro a los únicos Reyes que conozco y reconozco. Sus Majestades los Magos, mis padres.

Y vuelvo a aquellas noches de Reyes en que mi madre nos ayudaba a repulir los zapatos (uno, en el balcón; otro, junto a la chimenea) y nos mandaban pronto a la cama, porque si no no vendrían los tres Magos. Mis hermanos y yo jurábamos que los escuchábamos taconear sobre los tejados, descender por la chimenea y comer los dulces de almendra que dejábamos en una bandejita, en la que por la mañana solo había un puñado de migas, con el rastro de licor en un vaso y enormes paquetes de regalos.


Después, alguien que quería hacerse el fuerte ante el grupo, se empeñaba en decir que los Reyes no existían, que eran los padres. Que no había camellos ni pajes ni pasos en el tejado. Que los altillos de los armarios guardaban en secreto juguetes y sueños. Y era mucho después, es ahora, cuando te das cuenta de que eran magos de verdad. Que esa magia inexplicable es la que nos cura cuando nos duele hasta el alma; la que nos cose las alas cuando caemos en pleno vuelo; la que estira los cuartos hasta fin de mes; la magia de quienes nunca dicen no. Que ese reino de cuatro paredes, tele, cama y camilla es siempre tu casa. Que la luz de sus ojos es tu buena estrella, la que siempre nos guía. Que por mucho que les puedas fallar en la vida, ellos nunca te quitarán la corona que te pusieron en las sienes en la misma hora de nacer.

Son Reyes. Son padres. Y aunque probablemente no lean estas líneas, todos los años me emociono cuando me siento en el ordenador en esta noche y repaso su fortaleza, todo lo que han construido, ese mundo a salvo donde nunca concebías el dolor ni el miedo, esa infancia que siempre será el paraíso al que a veces me encantaría volver solo con cerrar los ojos; esos Reyes que hacen magia todo el año y se multiplican para que no falte el pan ni la paz. Esos Reyes que darían hasta la última gota de su sangre por una sóla gota de sangre tuya.

Cuando caiga la noche me iré a la cama. Y escucharé a los Reyes bailar sobre los tejados mientras mis padres duermen. Y volveré a rendirles pleitesía, a entregarles un corazón de niña quebrado de tanto amor perdido por el camino.

Bienvenidos seáis siempre, Melchor, Gaspar, Baltasar. Y larga vida a sus majestades, mis padres.

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