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Ribadelago, la memoria de los muertos

Ribadelago, la memoria de los muertos

Quizá porque mi niñez vive escrita en sus aguas, quienes conocemos Sanabria como la palma de la mano llevamos cosido a la piel el silencio del viejo Ribadelago, las cruces erigidas en los solares que un día fueron casas, el recuerdo a media voz de quienes vivieron siendo muy niños la tragedia en sus carnes y a quienes ni Dios ni los hombres hicieron justicia.

Han pasado 58 años desde aquel día que convirtió el Lago, nuestro hermoso Lago de Sanabria, en un inmenso cementerio donde en la noche de San Juan las ánimas tañen las campanas del imaginario pueblo de Valverde de Lucerna, el de la leyenda que una madrugada maldita se convirtió en realidad.

Los pies desnudos de los niños como pequeños ángeles expulsados del paraíso; los ojos infinitamente tristes de las madres con las manos y el vientre vacíos y los críos a resguardo del frío arropados en sus toquillas negras como la noche más negra; la impotencia de los hombres sin respuestas; el carro de heno empotrado en la puerta de la iglesia; la mansa resignación de aquellas gentes tan sin nada acostumbradas a vivir allá donde terminaban las carreteras quedó para siempre reflejada en el objetivo de Ángel Quintas, mientras la consigna oficial era el olvido. No decir, no saber, no ver, como los ojos vacíos del ciego que sostenía un rapaz rubiajo entre sus brazos. Los supervivientes, cuyos nombres y apellidos eran los mismos, la misma sangre de los que se fueron con el agua.

Aquel paraje desolador, embarrado y sin alma, con cunas vacías a merced de las olas, muñecas desmembradas y santos sin altares quedó también para siempre en la retina de mi padre y sus amigos, que acudieron al día siguiente como voluntarios para ayudar en las labores de rescate a una tierra que nada tenía que ver con la Sanabria alegre y soleada que pintaba cada verano en casa de los Calamita, con la juventud en los pinceles y en la yema de los dedos. Aquella no era la Sanabria viva y verde de cada agosto, la de las montañas de plomo al atardecer y la Osa Mayor danzando en el cielo por las noches.

Después, unas casas con blancas paredes de papel de fumar, proyectadas para un clima cálido y no para los gélidos inviernos sanabreses, quisieron tapar la catástrofe y lavar manos y conciencias a costa de la caridad pésimamente conjugada, caridad de postureo para borrar la tragedia de la historia.

Pero la tragedia existió, devastó casas y familias, y el pueblo no olvida el día maldito, sigue rezando a los muertos bajaron al fondo del Lago para tañir las campanas de la memoria. El 9 de enero de 1959 la presa de Vega de Tera reventaba a las 12.23 horas de la noche y volcaba su agua sobre el pueblo de Ribadelago, el pueblo de las casas de piedra y tejados de pizarra, anegando sus tierras y viviendas, sembrando la muerte y el dolor, el terror, la nada.

La codicia del hombre fue la que abrió la grieta en aquellos muros desbordándolos y los responsables quedaron impunes ante una justicia ciega y muda. Los nombres de los muertos fueron silenciados.

Que nunca se nos olvide el dolor profundo de aquellas gentes y su extraordinario espíritu de supervivencia.

Te amo, Sanabria.

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