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Golpes de Estado

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Captura televisiva del famoso golpe de Estado del 23 F Captura televisiva del famoso golpe de Estado del 23 F

Hace ya un puñado de años que el teniente coronel Antonio Tejero entró, pistola en mano, en el Congreso de los diputados a la voz de "Quieto todo el mundo". Aquella noche muchos españoles no pegaron ojo y estuvieron pendientes de la televisión y de la radio hasta que el fallido golpe de Estado quedó en eso, en un intento. Ni estaba ni se le esperaba. Desde entonces, muchos golpes de (al) Estado han sucedido sin que nos inquieten tanto como aquel de 1981 en que incluso se echaron los tanques a las calles.

Yo aún no valoraba muy bien lo que suponía un golpe de Estado ni entendía que aquella irrupción en el Parlamento era un intento de robarle a los españoles la libertad y la palabra por la que lucharon durante más de 40 años. Recuerdo las caras de preocupación, las frases a media voz o cómo sacaron de clase a las hijas de algunos diputados y senadores por Zamora, que se fueron a casa antes que las demás.

El tiempo ha pasado y sin necesidad de pistolas ni de rehenes los españoles hemos dejado que nos roben esa libertad poquito a poco con pequeños golpes de Estado todos los días. Golpes de Estado como los de todos aquellos que han metido mano en las arcas públicas, los que han robado aprovechándose de su cargo y de la confianza que les otorgó el pueblo para enriquecerse ilegalmente y dejar al país en pelotas y tiritando.

Golpes de Estado de empresarios mafiosos en connivencia con los poderes públicos, de justicias poco justas, de mangas de distintos anchos, de tantos casos de corrupción que sería imposible enumerarlos de memoria o situar ya cada uno en su sitio, a la derecha y a la izquierda. Suma y sigue que nos desayunamos cada día entre la amargura y la impotencia, que asistimos de forma mecánica en cada telediario a malversaciones, evasiones, estafas, prevaricaciones y todo tipo de patrañas en las que miles de millones de euros y la decencia se van quedando por el camino.

Golpes de Estado de quienes no dudaron en meterle mano al dinero inyectado a la banca robando posibles ayudas a los autónomos y pequeños empresarios que son los que dinamizan la economía de pequeñas ciudades como la nuestra. Golpes de Estado de los que juegan con el pan de los demás y siguen metiendo a dedo a los suyos en las instituciones y empresas amigas que tienen que devolver los favores prestados y aquí paz y después gloria.

Golpes de Estado de quienes se apropiaron del dinero para reflotar empresas en ERE y ayudar a sobrevivir a miles de familias y empresas que tuvieron que cerrar. Golpes de Estado de los bancos indecentes que hicieron creer a sus clientes que esto era Jauja y ahora los sacan de sus viviendas con lo puesto. Golpes de Estado de quienes se llenaron los bolsillos con mordidas y treses por cientos que siguen campando por la calle y no devuelven un duro a sus legítimos dueños, los ciudadanos.

Golpes de Estado de los que cobran fraudulentamente vivienda en Madrid teniendo vivienda propia; de los que rebajan y congelan los sueldos de los funcionarios pero no merman una milésima en el propio; de los que eluden los tribunales y la cárcel aferrados a la cosa pública, de los que maquillan los números para que las cuentas cuadren, de los que defraudan hasta que sea insostenible la educación y la salud pública. Son golpes de Estado, bofetadas al Estado de cada día. Golpes que tanto golpean que dejan en estado de shock al ciudadano de bien.

A este país le costó más de 40 años salir de su silencio, recuperar la libertad, la paz y la palabra. Y ahora, cuarenta años después, cada día es un pequeño gran golpe de Estado a todo lo que intentaron crear los padres de la democracia, a los que creyeron en una España más próspera e intentaron cerrar heridas sin hacer de la política una profesión reglada. No sé qué pensarían ahora viendo una sociedad desesperanzada y sin apenas fe en quienes cada día nos dan motivos para no tenerla.

Y lo jodido es que en este tiempo no hicieron falta pistolas ni entrar por asalto, ni tuvo que quedarse quieto ni dios. Lo jodido del caso es que somos nosotros quienes sentamos a los golpistas en los centros operativos de sus pequeños golpes de Estado y los llamamos de usted esperando un golpe definitivo de suerte, sentido común y responsabilidad cívica; una regeneración democrática que le devuelva a este país la certeza de que todos somos iguales y libres.

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