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Contigotansinti

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Contigotansinti

A los árboles de la plaza parece que les ha dado por echar la hoja deprisa y anunciar la primavera, porque no puede ser primavera si no sale a las calles el Nazareno, si no se escuchan al otro lado del río las esquilas del Barandales anunciando procesiones y el rumor del gentío que sube y baja por la cuesta. Es, quizá, la ciudad la que florece entera, como si antes no hubiese habido un invierno y antes otro, porque la primavera siempre regresa y viene a resucitar a Zamora lo que antes tiene que morir y ser entregado a la tierra.

Acaba de pasar Cristo Nazareno ante mi casa y pienso en los días que llegan, en lo vacía que puede llegar a estar una ciudad llena de gente donde si faltas tú todo lo demás sobra aunque los relojes no se paren. Acaso al otro lado de la vida tenéis ya las túnicas planchadas, los ensayos cumplidos, los hombros dispuestos para una Cruz de madera mucho más leve que la invisible cruz que portan en la tierra los hombres y mujeres que conviven con la enfermedad; la que te robó esta y todas las demás primaveras, la que trajo el soplo del invierno bajo sus alas de ángel maldito. La que me enseñó a descubrir el rostro del Cristo doliente en el rostro de los que sufren, la Pasión en carne y hueso según el evangelio de los hombres, el mandamiento primero del amor en todas sus extensiones como si no hubiese ningún otro mandamiento.

Y a veces cierro los ojos y aprieto los puños y te pienso por los rincones donde aún resuenan tus pasos perdidos, unas veces lejos y otras tan cerca de los míos, estas calles, estas plazas donde ya se escuchan los redobles y los tambores, Getsemaní, las cornetas, las idas y venidas, el bullicio que desborda nuestra calma en los días santos que ahora también suenan a silencio incluso en el cántico. Os escucho.

Y a pesar de todo a los árboles de mi plaza les ha dado por echar la hoja deprisa y vestirse de rosa, por encender en verde lo que hace apenas unos días era una puntilla de ramas desnudas frente a nuestros balcones. Y a pesar de todo la primavera regresa y quiere desplazar este invierno largo que solo conocemos los que alguna vez hemos sentido una mano invisible que te arranca el corazón sin anestesia, a dolor vivo. Tantos somos.

Acaba de pasar el Nazareno y le he seguido con los ojos de lejos y sin acompañarle. Conozco su paso, el peso de la cruz, el camino que conduce a la tierra, la sábana última, el último beso. Y me pregunto si Él te habrá buscado entre las gentes que se agolpan a su paso, si acaso sabe que salías a su encuentro cerca del puente, si nos conoce por nuestros nombres. Dónde estás, dónde estáis ahora, tan altos que no alcanzo a veros. Y puede que nunca haya escrito, que nunca haya dicho en voz alta que te echo de menos, que no sé muy bien dónde comienza la primavera aunque ahora despunte rabiosa frente a mi ventana, sin pedir permiso, imponiéndose, convirtiendo la ciudad en el escenario perfecto para el milagro de la muerte y de la vida, que siempre van de la mano. 

Dame la mano tú y muéstrame la cuesta que desemboca en la alegría si solo el amor nos salva, si solo es el amor más fuerte que la muerte. Ven, venid, resucitadnos. Dame esa luz que me ilumina entera por dentro para florecer como los árboles en esta tercera Semana Santa contigotansinti.

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