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Esperando la madrugada

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Esperando la madrugada

No será un Viernes Santo como los demás. Hoy esperaré la madrugada como los niños esperan su noche de Reyes, con estos nervios mariposeando en el estómago que hacía mucho que no sentía.

Sobre el pañuelo negro con el anagrama de la cofradía bordado en morado espera un medallón plateado, el de vicesecretario, el que llevó mi tío Alfonso, que se nos fue en el último agosto, durante 30 años. Cosas del destino, supongo, o de que las cosas tenían que ser así aunque yo no lo supiera. Espero honrarla y ser digna de ella, como él lo fue.

Después de 47 años de resistencia, la amistad ha podido más que mi renuncia eterna a ocupar un cargo directivo. Y hoy me enfrento a la madrugada con los nervios de quien se siente novata y la emoción de quien sabe que culminan meses de trabajo intenso en equipo, de tantas cosas que quedan en la trastienda de la cofradía, que no se ven, que nos unen, que hacen Semana Santa cada día.

Esta madrugada los vivos y los muertos se dan la mano en las puertas de San Juan. Sin pena, sin dolor. En hermandad, con la normalidad de quienes sabemos que cuando suena el Merlú se levantan de sus tumbas y acuden a su llamada. Quizá hoy me encuentre a mi abuela Carmen asomada al balcón de La Golondrina mientras mi padre -que anda dibujando pasos en tiza por el suelo-, Lili y Eduardo (mi escuela de vida, mi sangre) juegan a las procesiones en una panera que ya no existe; a Macario presidiendo la procesión; a Totó con su boina ejerciendo de zamorano casta, de padre, de cofrade.

Quizá sea el señor Aragón el que levante esta madrugada el Cinco de Copas y Atilano el que lo despierte con su toque de tambor mientras Nacor Blanco espera la señal precisa para interpretar Thalberg con su querida banda. Y será Antonio "Balú" el que ponga orden con su vozarrón y su presencia imponente, el que organice milimétricamente la procesión para que nada falle, el que le dicte al oído a su hijo Toño cada paso, el que ayude a vestir al pequeño Lucas su primera túnica, tan chiquitina, tan tierna. Él es la vida.

Esta madrugada regresará Fernando, mi Fernandico, para cargar con los cachorros, nuestros cachorrones de pañuelo verde, y lo mismo hasta pasa lista Vitín y se viene Antonio el florista a reforzar los banzos. Hipólito estará como siempre, cerca, para ver a sus Marías caminando, navegando como un navío por las calles. Y bajarán Bartolo y Miguel a juntarse con sus hermanos de Redención y Pepe a picarse desde La Caída con el 'Cinco de Copas'. Ricardo, mi abuelo postizo, esperará junto a la Soledad para guiarla por las calles. Magdalena, mi jodía Pedrera, los ojos verdes más bonitos del mundo, la ha vestido llena de amor, tan guapa. Y Miguel seguro que ha puesto alguna flor esta mañana cuando su hermana Marta llenaba de rosas blancas el camino que ha de pisar su pie.

Son mis muertos, son mis vivos. Cada unos tenemos los nuestros. Yo los veo, los siento aquí, conmigo, esperando la madrugada, porque esa es la mañana que conocí y que guardo en el corazón desde niña. Esta es mi cofradía desde siempre y ellos parte esencial de lo que soy. Ellos me trajeron de la mano hasta aquí.

Esta madrugada abriremos las puertas de San Juan y miraré a los ojos de los amigos que quisieron contar conmigo en esta aventura, en este orgullo y emoción de guiar el destino de la cofradía más grande, la más querida, la más zamorana, nuestro Jesús Nazareno, la que el Vulgo llamó siempre La Congregación. La que nunca perdió el empuje de los hombros y el calor del pueblo junto a sus imágenes. A Jose, a Toño, a Vio, a David, Sonia, Alberto, Sebi, Mayo (mi capullito siempre), Ángel y Ángel, Ernesto -mi gran descubrimiento-, Teresa, Félix, Miguel (que seguro deja ordenar la arrancada a Carricajo), a la dulce Nines, a Patxi, que vive en dolor en su corazón, Carlos... a todos los que nos ayudáis y hacéis posible este milagro cada Viernes Santo, GRACIAS por dejarme ser parte de todo esto. Somos depositarios de un legado de siglos, el que mantiene rabiosamente vivo todo el pueblo de Zamora.

Ya descontamos el tiempo. Quiero llorar, os comería a besos. Mis mariposas aletean tan fuerte que me hacen daño en el estómago.

Hoy ha sido un Jueves distinto, con el cuerpo en las calles y la cabeza y el corazón galopando hacia el reloj de San Juan. Allí, a sus puertas, ya nos están esperando nuestros muertos tan vivos, los que nos acompañan y nos sostienen, los que vienen con nosotros, los que hicieron tan grande la cofradía de Jesús Nazareno y llevaron su túnica y sus lutos con amor y orgullo hasta el último abrazo, hasta la tierra.

Esta madrugada, Violeta, nuestros dos ángeles vienen con nosotras. Cierra los ojos, óyelos. Están vistiéndose, poniéndose sus túnicas eternas, cogiendo sus cruces. Hay unos ojos azules que te contemplan desde la fila, tan cerquita.

Será distinto. Espero a la madrugada con la ilusión de una novia primeriza y siento sobre los hombros el peso de la tradición, el amor y el orgullo del pueblo zamorano, que se dispone a vivir su amanecer más mágico.

Espero la madrugada. Cuando den las cinco La Congregación estará en la calle y Zamora subirá al Calvario con Jesús y su Madre.

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