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Hoy en el cielo es Jueves Santo Destacado

Hoy en el cielo es Jueves Santo

"Dionisio Alba era, ha sido, la memoria prodigiosa de esta ciudad y de la Pasión, conocedor como pocos de sus entresijos y de sus cimientos, de sus tradiciones y devociones".

La noticia corría como pólvora de julio con los manteles recién levantados de las mesas, a esa hora en que todo es luz y calma, calles desiertas y cielo incandescente. Zamora, sus tradiciones, su Semana Santa y parte también de su alma, pierden con la muerte de Dionisio Alba Marcos a una de las figuras imprescindibles del siglo XX en el devenir de la ciudad y de la Pasión, la memoria prodigiosa del último siglo.

Con una vida casi centenaria sobre sus espaldas, la edad solo pudo doblegar a una silla de ruedas sus piernas, pero no su cabeza privilegiada, su extraordinario humor negro, su claridad de ideas, su conversación inteligente y su férrea fe en Dios, ese Dios al que contempló Yacente y casi desnudo en la oscuridad de la capilla de La Concepción un lejano día de 1941 en compañía de los hermanos Amigo. En ese momento, admirados por el dramatismo, la belleza y la perfección de la talla, nacía la Penitente Hermandad de Jesús Yacente y Zamora abrazaba desde la devoción y para siempre a la imagen como parte de su patrimonio más íntimo y más querido.

Eran los años duros de la posguerra, los años del catecismo del Nacional Catolicismo, aquellos años en que la Semana Santa de Zamora se sostenía sobre sus pilares históricos, sus cofradías seculares. Dionisio, junto a Ricardo "Pintas" y Marcelino Pertejo, tiraron del carro sobre el que reposaban los siglos y la tradición del pueblo zamorano, ampliaron el calendario de los días santos hasta conformar la Semana Santa prácticamente tal y como la conocemos y renovaron la Pasión con la incorporación de nuevas cofradías sin las que ahora mismo seríamos incapaces de concebirla. Tan bien lo hicieron, tan bien lo hizo, que Dionisio Alba contribuyó incluso a fundar una cofradía en Cádiz, como tantas veces me contaba con orgullo y también con nostalgia de vocación marinera.

Dionisio Alba era, ha sido, la memoria prodigiosa de esta ciudad y de la Pasión, conocedor como pocos de sus entresijos y de sus cimientos, de sus tradiciones y devociones, de su Lunes de Pentecostés o su 16 de julio junto a la Estrella de los Mares, la Virgen de mi barrio. Probablemente las nuevas generaciones de semanasanteros no son conscientes de la importancia, de la trascendencia de aquella labor porque todo lo han recibido ya hecho, ya asentado. Dionisio era parte de esa Semana Santa en la que se conjugaban desde la pasión pero también desde el respeto las posturas más alejadas y antagónicas; una Semana Santa que cuajó desde el esfuerzo común en el primer Museo de Pasión de España y en sobrevivir a los oscuros años en que este país y nuestra ciudad se recuperaban de la peor fractura de su historia, de su herida fratricida.

Más allá de los supuestos "clanes", de los apellidos, de las guerrillas internas, de la visión más popular o más religiosa, de las diferentes formas de entenderla, Dionisio era el penúltimo padre de la Semana Santa del siglo XX, el gusto exquisito por los detalles y una estética en la que nada queda al azar, en la que todo es perfección y belleza; la alegría de los niños que reciben a Jesús entre palmas y la espiritualidad del bombardino en la noche del Miércoles, el gemido de la tierra en la noche del Jueves cuando los hombres de Zamora cantan el Miserere al paso de Cristo Yacente por Viriato y los caperuces sostienen el cielo con su larga, inmensa blancura. Pero él, ellos, supieron concebir una Semana Santa única, una Semana Santa en bloque en la que habría sus más y sus menos de puertas adentro -siempre de puertas adentro-, pero que tuvo la infinita suerte de caer en sus manos. 

Ya está con Marcelino y con Ricardo, con los Amigo, con los Villalba, con Macario, con don Jerónimo, con el señor Aragón, con Atilano, con "España" y con Casimiro, con Felipe, con Luis Salvador, con Enrique, con Cayito, con Benito, con Juan Encabo, con todos los que sustentaron sobre sus hombros la herencia recibida a lo largo de los siglos y lo hicieron como mejor pudieron y supieron. Aquí quedan los que entonces eran el relevo, los que somos el ahora, los que se asoman al mañana; Miloncho, que vivió aquella primera salida a la calle, que entonces era el más joven; Manolo Lozano, que tan pronto tocó las manos llagadas de Cristo recién descubierto; sus largas conversaciones con Lili, que conoció esa misma Semana Santa desde la vivencia de la sangre; el legado trasmitido al pueblo zamorano desde la fe inquebrantable de quien no podía evitar lágrimas de amor en presencia de su Cristo Yacente, de quien no dejó de asistir a los cultos de sus cofradías o de presenciar en última fila -tuve la suerte de hacerlo con él- cómo la Vera Cruz regresaba al Museo antes de que Santa María abriese sus puertas para que Zamora se convirtiese en un velatorio a cielo raso.

Yo celebro tu vida, Dionisio Alba Marcos. Porque tú creías en todo lo que hacías. Porque yo también creo. Celebro tu generosidad, tu inteligencia, todo lo aprendido, la memoria de la que nos hiciste partícipes a tantos zamoranos, a las generaciones que te conocimos desde niños como parte ya venerable de una Semana Santa que no podríamos entender sin San Claudio y Santa María, sin el farol de pajar y la capa parda de pueblo, sin los brazos abiertos del Cristo del Amparo, sin las manos inertes de un Jesús que pasa como dormido ante nuestros ojos, sin el cántico doliente del Miserere, sin las palmas doradas conformando un bosque amarillo en el día de los Ramos.

GRACIAS por este viaje largo y fecundo en la tierra, querido Dionisio. Ahora descansa y reencuéntrate con los tuyos por ahí arriba, que ya lo tienes bien ganado.

Hoy en el cielo es Jueves Santo.

 

 

 

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