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En las manos de nuestro Jesús Destacado

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Primera prueba de la mesa de Luz y Vida por el Arco del Obispo con Manolo Lozano simulando la alzada del Jesús Primera prueba de la mesa de Luz y Vida por el Arco del Obispo con Manolo Lozano simulando la alzada del Jesús

(A la memoria de Manolo Lozano, que esta mañana se nos ha ido de vuelo).

La vida se compone de imágenes que quedan para siempre en la memoria y en el corazón, que son el resumen de tanto, muchos, muchísimos años de afectos, de cariños, abrazos, complicidades. La primera es la sonrisa inmensa que nos recibía en la tienda del esquinazo de la Plaza Mayor. Aquel hombre enorme, alto, inabarcable, pura bondad, Manolo Lozano.

-Hola, vengo a apuntarme a Luz y Vida, pero como cargadora. Y de repente aquella mirada desde lo alto que comprendía todo: sorpresa, complicidad, ternura. Aquellos ojos detrás de las gafas que hoy se han apagado, aquella mirada que perdurará sobre mí hasta el último de mis días. Aquel apoyo desde el minuto cero.

Manolo me lo contó entonces y muchas veces más a lo largo de mi vida. Hace treinta años no había móviles, pero ese día los teléfonos echaron humo. "Oye, que se ha apuntado una chica para cargar" "¿Una chica?" "Sí, una chica. Tiene todo el derecho, así lo dicen los estatutos". Y el revuelo que ahora ya es la normalidad. Esa chica, aquella veinteañera que se quería comer el mundo, aquella periodista incipiente y rompedora que con los años se ha ido quedando en agua de borrajas, en un esbozo de aquella gata insolente a la que no se le ponía nada por delante. "Pues ya estás apuntada. Bienvenida, hermana". Y la sonrisa.

Allí, en la tienda de la Plaza Mayor, Luz y Vida tenía su "oficina", su "cuartel general". Allí se fraguaron las primeras túnicas con la medida estándar de Julio; allí se entregaban los faroles a los que los hermanos de paso renunciamos para poder costear la imagen con aquel dinero perdido; allí se organizaban tertulias improvisabas y se fraguaban amistades de por vida; allí Manolo ejercía de "padre" de todos los que nos íbamos incorporando a la más joven de las cofradías de Semana Santa. Allí nació la hermandad dentro de la hermandad. Y aquella mirada. Y tantos abrazos. Y aquella sonrisa tan grande como su alzada, puro corazón. Manolo.

Hay imágenes que quedan para siempre en la memoria. La imagen de la ilusión, una imagen que ha permanecido custodiada como un tesoro entre los hermanos de paso de aquellos primeros años. Manolo en pie sobre la mesa del Jesús. Faltaban apenas días, horas, para que nuestro Jesús llegase a Zamora desde el taller de Hipólito en Salamanca y había que probar el paso por la Puerta del Obispo, ese arco donde los cargadores rozamos con las rodillas el suelo, el banzo primero al codo a la voz de Dani, luego a pulso, despacito, despacito, cuidado, cuidado, hasta salvar la piedra y alzarlo de nuevo sobre los hombros, majestuoso y descender como un navío hacia el Duero, hacia la otra orilla del río y de la vida.

A falta de imagen, tuvo que subirse Manolo con su estatura imponente para ejercer en funciones y tomar las medidas necesarias. La foto, foto de foto, es mala. Pero el momento, treinta años ya, imborrable. Habla de aquellos momentos de ilusión, de empuje, de ganas. De aquellas visitas a El Correo para hablar con Vicente; de aquellas chocolatadas en los jardines del Castillo; de los poemas de Charito que eran rezo; de las manos amorosas de María y de Carmen limpiando la imagen; de aquellos traslados hasta la iglesia de Santo Tomé, convertida entonces en un almacén de enseres. Hablan de la unión en las dificultades, de la emoción al besar el pie desnudo de nuestro Jesús. De la ternura. Del amor. De la hermandad de verdad, de compartir paso y dirección con sus hijos abrazados a la misma madera, procesión tras procesión, hasta los muros del camposanto.

Ahora será el Jesús, nuestro Jesús de manos abiertas, quien le haga un sitio a su lado, de tú a tú. Y su Yacente, el que hace santa la noche del Jueves cuando pasa casi dormido por las calles. Porque hoy ha partido de vuelo un hombre bueno que les ha honrado en la tierra, que solo ha sembrado el bien. La mirada. El abrazo. La discreción. Allí te encontrarás con Manolo y Vicente, maestros de periodistas; con Emilio, con Ángel, con Ignacio, con Hipólito, con don Vitaliano y el buenazo de Pico Cirac. Allí hablaréis de vuestras cosas y nos echaréis una mano para recuperar aquel espíritu primero, aquella hermandad sin fisuras y sin presupuesto, toda ilusión, para honrar a los zamoranos que convirtieron a través de los siglos a Zamora en el escenario ideal para la Pasión de Cristo, para el rezo. Ayudadnos.

Y ahora, el silencio, el latido. La alegría de haberte tenido. El agradecimiento por todo lo compartido. Por ese cariño que desciende por la sangre, por el amor. Por Fernando, por Inma, que son tuyos; por Julio, por Javi, que hacen procesiones conmigo bajo las mismas andas, que están tan dentro de mí.

Te quiero, Manolo. Os quiero, hermanos, familia. Buen viaje a las manos de nuestro Jesús, a la Luz, a la Vida.

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