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Patricia y Ángel, el amor en los tiempos de (la) cólera Destacado

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Foto: RTVE.es Foto: RTVE.es

"Gracias por vuestro ejemplo, por vuestra lección, por mostrarnos el camino, por cerrar la puerta al odio y a lo irracional, por abrir los corazones".

Una madre, Patricia. Ha sido una madre con el alma rota la que ha puesto cordura en mundo cada día más loco, más violento, más agresivo. Una madre destrozada ha sido la que ha cosido a un país descompuesto desde el amor y la esperanza. Patricia. A su lado, abrazándola, un padre, Ángel. Un padre que hubiese descendido al fondo de los mares a por su pescaíto, a por el pequeño pececito que ya nada, que vuela sobre una inmensa nube de amor.

Lo confieso. Cuando apareció el cuerpecito de Gabriel, en caliente, me dejé llevar por mis emociones y mi indignación, por la rabia, por la ira, por el dolor, por la conmoción de quien no encuentra respuestas, de quien no tiene la capacidad de entender cómo es posible tanta maldad, tanta crueldad en este mundo.

Pero después escuché, leí a Patricia haciendo verdad las consignas que me enseñaron desde niña, las verdades en las que creo para que la vida sea más llevadera, para que la tierra sea más habitable. El odio solo engendra odio. El odio, como el amor, no entienden de colores, ni de sexos, ni de fronteras, ni de religiones ni de ideologías. Frente al odio, solo vence el amor. Frente a la muerte, solo vence el amor. Solo el amor nos hace más fuertes, más grandes.

Patricia. La madre. Esta madre, esta mujer de apariencia frágil y fuerte como una roca, guapa como una joven dolorosa sin más altar que su fortaleza. Ha sido ella, la madre, con su llamada al amor, la que me hizo sentir vergüenza de mi ira, de mis impulsos, de mis palabras. Patricia, esta madre que es quien más ha perdido, a quien le han arrebatado la vida que brotó de sus entrañas, el amor hecho carne. Ha sido una madre la que ha intentado poner orden entre tanto desorden y ante su generosidad, su entereza y la grandeza de su corazón, solo queda callar, respetar, reflexionar, abrazarla en la distancia.

Un padre, Ángel. El padre. Ha sido un padre el que la sostenía entre sus brazos, el que la confortaba amorosamente, el que compartía con ella la esperanza de abrazar de nuevo a su niño. Un padre, un hombre destrozado como padre y como hombre, un padre roto, un padre que llora, junto a una madre, la que un día fue su mujer, la madre de su hijo, dando una lección de dignidad, de cariño, de respeto, de lo que debe ser quererse. Lanzando un mensaje a un mundo que no escucha, que no reflexiona, que se queda en la superficie del odio sin sumergirse con ellos, junto a ellos, en ese inmenso océano de amor que han sabido crear, que todo lo envuelve como una suave bufanda azul.

Un mundo de pescaítos y girasoles, de cuentos mágicos. Un mundo de bondad, de generosidad y de humanidad sin límites en medio de tanto dolor, de tanta locura, de tanto odio, de tanta ira desatada. Un mundo en el que el amor vence a las brujas malas, que desaparecen. Os abrazo con todo mi corazón, familia.

Patricia, Ángel. Gracias por vuestro ejemplo, por vuestra lección, por mostrarnos el camino, por cerrar la puerta al odio y a lo irracional, por abrir los corazones. Que el amor de vuestro pececito, que ya nada en la luz, os ponga alas.

Vosotros, Patricia, Ángel; solo vosotros sois el amor en tiempos de la cólera.

 

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