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Carta a sus majestades mis padres

Cada cinco de enero el cielo se tiñe de luz naranja y desando el camino hasta la niñez para salir al encuentro a los únicos Reyes que conozco y reconozco. Sus Majestades los Magos, mis padres.

Y vuelvo a aquellas noches de Reyes en que mi madre nos ayudaba a repulir los zapatos (uno, en el balcón; otro, junto a la chimenea) y nos mandaban pronto a la cama, porque si no no vendrían los tres Magos. Mis hermanos y yo jurábamos que los escuchábamos taconear sobre los tejados, descender por la chimenea y comer los dulces de almendra que dejábamos en una bandejita, en la que por la mañana solo había un puñado de migas, con el rastro de licor en un vaso y enormes paquetes de regalos.

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Carta a la niña Nadia

Quizá sea tu enfermedad, pequeña Nadia, la isla que te salve de saber las circunstancias que rodean tu caso, tu paso por los programas y platós, tu exposición a la opinión pública por la falta de escrúpulos de unos padres que han hecho de tus males una máquina de hacer dinero tocando las tripas de las gentes de bien.

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Sanabria, una estación en cada pueblo

Sanabria es una tierra donde a veces las carreteras no conducen a ninguna parte; donde la montaña, la frontera natural con Portugal y la falta de infraestructuras han aislado secularmente a sus gentes. Gentes supervivientes de los rigores de la sierra, de la despoblación y del olvido, como ocurre a lo largo de toda la Raya con Portugal, en el oeste salmantino donde a veces uno se plantea si Cristo habrá perdido allí el mechero, en pueblos más dejados de la mano del hombre que de Dios.

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Lazos rojos

Los más agoreros dijeron que era un castigo divino, que aquella nueva enfernedad venida de África solo se fijaba en los homosexuales, en los negros, en los drogadictos y en las prostitutas; que se posaba allá donde había "vicio". Su Dios, que nunca podría ser el mío ni el de quienes creemos en el Dios del amor, no tenía mejores cosas que hacer por lo visto.

Pero luego empezaron a sumarse casos y más casos de personas que no encajaban en los parámetros del castigo divino mientras la Medicina se enfrentaba a la gran plaga de finales del siglo XX: el SIDA. La enfermedad terrible, desconocida.

Llegó a Zamora por entonces, hace más de veinte años, el primer caso de un paciente con el virus, un emigrante que había mostrado su deseo de morir en Zamora. Policía en las puertas de la habitación y soledad junto a la cama. Y miedo, mucho miedo alrededor, mientra la sociedad miraba hacia otro lado. Pude colarme en su habitación, sentarme junto a su cama y hablar con él, que ya no podía con su alma. Aquella era la primera vez que yo, jovencísima periodista entonces, miraba a la muerte a la cara. Sus ojos, su miedo, me conmovieron tanto, que le acaricié la mano y renuncié a hacer públicos los detalles de aquel encuentro.

Después vinieron los contagios, las caras conocidas, el goteo de amigos que iban siendo diagnosticados, las jóvenes muertes de aquellos que cayeron víctimas de la falta de precaución, de sus noches locas y sus ganas de vivir. Y vinieron también las visitas al hospital, a aquel pasillo cortito donde los infecciosos eran aislados del resto del mundo. Y convivir, y aprender de ellos, con ellos. Y admirar su valentía y su lucha, el terrible procedimiento de aquel mal para el que comenzaba a abrirse alguna esperanza. Alguno lo logró y aún hoy celebramos la vida. Otros, la mayoría, cayeron por el camino porque la medicina apenas tenía respuesta.

Mucho ha pasado y mucho se ha avanzado desde entonces. Pero cada día primero de diciembre el mundo se coloca un gran lazo rojo en la solapa en el que figuran miles de nombres, miles de luchas, miles de recuerdos, miles de historias que merecen ser recordadas, contadas. Un lazo rojo por la esperanza, por la memoria de quienes no pudieron acceder a los tratamientos que entonces eran pioneros y que han logrado detener la mortalidad, salvar vidas.

Por los que murieron con el estigma de su homosexualidad sin llegar a ver cómo la sociedad asumía el SIDA como una enfermedad maldita que no entiende de moralidad, de sexos, de clases sociales ni de religiones, como todas las enfermedades. Que no nacieron en el siglo XXI para ver cómo los jóvenes de ahora saben, conocen el origen, previenen los riesgos. Por los que aún reclaman mejores políticas sanitarias y educativas para conseguir erradicar esta peste que nos dejó en herencia el siglo XX.

Por ellos, por todos, por los que conviven con la enfermedad, por los niños que vienen hoy mismo al mundo, luzcamos esos lazos rojos si son lazos de igualdad, de investigación, de superación, de prevención, de hacer visible el sufrimiento de los miles de enfermos que existen en el mundo. Por la dignidad, por la libertad de cada individuo, por su derecho a decidir a quién amar. Por la vida. Porque un día dejemos de necesitar lazos rojos, de recordar que aún en el mundo mueren miles de personas.

Porque el 1 de diciembre sea solo eso: el primer día del último mes.

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Yolanda, la número 42

Era madre. Era periodista. Era mujer. Yolanda Pascual, compañera, jefe de sección de El Mundo-El Correo de Burgos era asesinada hace menos de 24 horas en el garaje de su casa por quien también fuera compañero de vida y de profesión. Su Iñaki, con quien hace años trabajaba diez horas diarias codo con codo, alma con alma, como me contaba hoy cabalgando entre la pena y el horror mi amigo Javier Hernández, que trabajó con los dos en Burgos cuando "se querían", cuando su hija era apenas un bebé que hoy ha perdido a su madre y probablemente jamás perdone a su padre.

Yolanda acababa de cerrar la edición del día, su penúltimo trabajo, y después rubricaba con su propia sangre la que sería su última noticia, la que llevaba por nombre protagonista el suyo, Yolanda, acuchillada sin piedad por su exmarido con el trabajo recién cumplido.

Los que trabajamos a diario con la noticia sabemos que la cercanía es un grado. Yolanda no es especial porque fuese periodista, pero sí más cercana a quienes escribimos y nos enfrentamos cada día a la locura, a la vorágine de cerrar un periódico, ese trabajo que vosotros, los del otro lado de la pantalla, los que nos acariciáis en papel, no véis; ese trabajo que dispara la adrenalina a partir de las ocho de la tarde, que te hace mirar el ojo con veinte años y multiplicarte por mil antes de salir a la calle. Yolanda venía de cerrar la edición.

Y pienso en las noches con los teclados ardiendo cuando las redacciones olían a nicotina, los ojos enrojecidos de leer y de corregir, la mente abotargada. En esa íntima alegría que da cerrar una edición cada dia, irse a casa a descansar, apagar las luces, abrir la puerta y dejar que mientras la ciudad duerme tu trabajo se vaya borrando para empezar a la mañana siguiente ante una pantalla de nuevo en blanco, como si no existiese.

Yolanda era madre. Era periodista. Era mujer. Era una compañera como las decenas de compañeras que he tenido a mi lado, en mi vida, tantas horas, tantos nervios, tantos esfuerzos. Hace apenas un año escribía alertaba sobre la ceguera, el desconocimiento y el consentimiento que aún existe en España con la violencia machista. Hoy, mientras su cuerpo se enfría tan joven, tan prematuramente arrancado de su alma, de su vida, resulta estremecedor leerla. Resulta estremecedor ver su mirada directa en una foto que nunca debería ser noticia.

Pero esta sociedad a veces piensa que la violencia doméstica, ese terror machista que acaba con las mujeres por el mero hecho de ser mujeres libres, es algo lejano, algo que a "los normales" no nos toca. Algo de los extrarradios, algo de familias desectructuradas, algo de poblaciones marginales, de la más baja ralea. Y no. La violencia contra la mujer, las actitudes machistas, las restricciones de la libertad, las amenazas, el terror de puertas adentro convive, está, es entre nosotros. Es absolutamente normal entre "los normales".

Yolanda era madre. Era mujer. Era periodista. Era una profesional que cada día apuraba las horas en la redacción para hacer llegar su voz al mundo desde El Mundo. Ayer no la escuchamos, anoche llegamos tarde. La sociedad del siglo XXI aún calla y consiente, otorga, no le da importancia, normaliza agresiones contra las mujeres intolerables en un país que presume de democracia, progreso, libertades e igualdad.

Era madre, mujer y periodista. Yolanda, que ayer firmó su último artículo. Un día se quisieron.

Yolanda, la víctima número 42.

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