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Yolanda, la número 42

Era madre. Era periodista. Era mujer. Yolanda Pascual, compañera, jefe de sección de El Mundo-El Correo de Burgos era asesinada hace menos de 24 horas en el garaje de su casa por quien también fuera compañero de vida y de profesión. Su Iñaki, con quien hace años trabajaba diez horas diarias codo con codo, alma con alma, como me contaba hoy cabalgando entre la pena y el horror mi amigo Javier Hernández, que trabajó con los dos en Burgos cuando "se querían", cuando su hija era apenas un bebé que hoy ha perdido a su madre y probablemente jamás perdone a su padre.

Yolanda acababa de cerrar la edición del día, su penúltimo trabajo, y después rubricaba con su propia sangre la que sería su última noticia, la que llevaba por nombre protagonista el suyo, Yolanda, acuchillada sin piedad por su exmarido con el trabajo recién cumplido.

Los que trabajamos a diario con la noticia sabemos que la cercanía es un grado. Yolanda no es especial porque fuese periodista, pero sí más cercana a quienes escribimos y nos enfrentamos cada día a la locura, a la vorágine de cerrar un periódico, ese trabajo que vosotros, los del otro lado de la pantalla, los que nos acariciáis en papel, no véis; ese trabajo que dispara la adrenalina a partir de las ocho de la tarde, que te hace mirar el ojo con veinte años y multiplicarte por mil antes de salir a la calle. Yolanda venía de cerrar la edición.

Y pienso en las noches con los teclados ardiendo cuando las redacciones olían a nicotina, los ojos enrojecidos de leer y de corregir, la mente abotargada. En esa íntima alegría que da cerrar una edición cada dia, irse a casa a descansar, apagar las luces, abrir la puerta y dejar que mientras la ciudad duerme tu trabajo se vaya borrando para empezar a la mañana siguiente ante una pantalla de nuevo en blanco, como si no existiese.

Yolanda era madre. Era periodista. Era mujer. Era una compañera como las decenas de compañeras que he tenido a mi lado, en mi vida, tantas horas, tantos nervios, tantos esfuerzos. Hace apenas un año escribía alertaba sobre la ceguera, el desconocimiento y el consentimiento que aún existe en España con la violencia machista. Hoy, mientras su cuerpo se enfría tan joven, tan prematuramente arrancado de su alma, de su vida, resulta estremecedor leerla. Resulta estremecedor ver su mirada directa en una foto que nunca debería ser noticia.

Pero esta sociedad a veces piensa que la violencia doméstica, ese terror machista que acaba con las mujeres por el mero hecho de ser mujeres libres, es algo lejano, algo que a "los normales" no nos toca. Algo de los extrarradios, algo de familias desectructuradas, algo de poblaciones marginales, de la más baja ralea. Y no. La violencia contra la mujer, las actitudes machistas, las restricciones de la libertad, las amenazas, el terror de puertas adentro convive, está, es entre nosotros. Es absolutamente normal entre "los normales".

Yolanda era madre. Era mujer. Era periodista. Era una profesional que cada día apuraba las horas en la redacción para hacer llegar su voz al mundo desde El Mundo. Ayer no la escuchamos, anoche llegamos tarde. La sociedad del siglo XXI aún calla y consiente, otorga, no le da importancia, normaliza agresiones contra las mujeres intolerables en un país que presume de democracia, progreso, libertades e igualdad.

Era madre, mujer y periodista. Yolanda, que ayer firmó su último artículo. Un día se quisieron.

Yolanda, la víctima número 42.

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Otra caña en tu recuerdo amigo Oscar

Hoy San Frontis y su Iglesia acogían el cuerpo sin vida de otro amigo de los de antaño, de los que volví a reencontrar después de muchos años en el Barrio de Pinilla. Vecino de portal, de dolencias y de recuperaciones, de pitillos cómplices en la puerta de casa y de charlas matutinas y nocturnas con las que ni arreglamos el país ni dimos solución a los miles de problemas del día a día, aunque eran todo un desahogo.

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