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Catania, cuna de Santa Águeda, hervidero de emociones Destacado

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Catania, cuna de Santa Águeda, hervidero de emociones

Mientras en España la santa es protectora de la lactancia y las enfermedades del pecho, en su lugar de origen es la protectora de las erupciones de los volcanes, los rayos y el fuego, en una celebración de caracter eminentemente masculino.

Santa Águeda es una de las primeras mártires de la cristiandad que vivió y murió en el siglo III en Catania, la segunda ciudad más importante de Sicilia, que está fuertemente vinculada a la figura de la joven virgen que es su Patrona, Santa Ágata (la Buena). Aunque su devoción traspasó inmediatamente fronteras y un gran número de localidades de Castilla y León como Salamanca, Zamora, Segovia y las zonas de la Ribera del Duero celebran con gran devoción a Santa Águeda cada 5 de febrero, lo cierto es que la fiesta en su lugar de origen nada tiene que ver con la celebración tal y como la concebimos en España.

La Cofradía de Santa Águeda de la parroquia de San Lázaro, que data del siglo XVII, es la única cofradía española que ha viajado a Catania y ha participado en la espectacular festividad de la santa, que nada tiene que ver con las celebraciones que concita en nuestro país. Sería interminable narrar en unas líneas el cúmulo de sensaciones que produce aterrizar en Catania y encontrarte de repente inmerso en un torrente de pasión que envuelve a toda la ciudad noche y día. Allí todo habla de Ágata, desde la inscripción en el monumento de Liotru (el famoso elefante que soporta el obelisco egipcio en la Puazza Duomo y demás monumentos), hasta su Ayuntamiento, así como improvisados santuarios en medio de la calle y numerosos templos que hablan de las fases del suplicio de la joven, como la cárcel, donde le arrancaron los pechos, o el horno donde fue arrojada.

Para hacerse una pequeña idea de lo que allí acontece, basta con decir que la fiesta de Santa Ágata en Catania está considerada la tercera fiesta religiosa del mundo en participación popular.

Martirio

Águeda era una joven hermosa, casi una niña, de una familia acomodada, víctima del despecho de Quintianus, procónsul de Catania, quien se encaprichó de ella y fue rechazado por estar consagrada a Jesucristo. Aprovechando la persecución del emperador Decio a los cristianos (238 d.C), la capturó e intentó seducirla sin éxito, por lo que la envió a un lupanar para romper su firme moral. Al cabo de un mes y viendo que la joven no cedía, la sometió a martirio, cortándole los pechos. Cuenta la leyenda que esa noche el mismo San Pedro se apareció a la santa en la cárcel y le curó sus heridas.

Enfurecido, el procónsul ordenó echar a Santa Águeda sobre brasas incandescentes y ser arrastrada por las calles ante el horror de la ciudadanía, que intercedía por ella, lo que terminó con su vida. Un año después de su muerte, el volcán Etna, en cuya falda está erigida Catania, entró en erupción, por lo que sus habitantes se acogieron a la intercesión de la santa, deteniéndose lava de forma milagrosa antes de alcanzar la ciudad. De esta forma, Santa Águeda fue nombrada patrona de Catania y protectora contra incendios, rayos y volcanes, como se la sigue festejando en la actualidad en Sicilia.

En el año 1040 los restos de Ágata son llevados a Constantinopla, robados por el general bizantino Maniace, y no será hasta el 1126 cuando regresan a Catania. Es entonces cuando los vecinos salen a las calles en camisón a recibir a los soldados Goselmo y Gisliberto, lo que explica la increíble celebración que se vive en Sicilia, con cientos de miles de hombres que lucen un camisón blanco recibiendo y portando a la santa por las calles durante tres días, del 3 al 5 de febrero, para concluir la fiesta el día 6.

Patrona de las enfermeras y matronas en España, su culto hispano está asociado a los partos difíciles, la lactancia y a las enfermedades de pecho, por lo que se la considera protectora de las mujeres. Hay antropólogos que sostienen que el culto a Santa Águeda es una conversión al cristianismo del culto a la diosa Isis.

Catania, pura pasión

Cada año en febrero Catania se convierte en un hervidero de miles de personas, en una eclosión de pasión y de fe que convierten la fiesta en la tercera celebración religiosa de mayor afluencia en todo el mundo.

Sus calles viven una mezcla de fervor popular y también de folclore con el desfile de la Santa por los barrios céntricos de Catania, arrastrada sobre una carroza por 700 varones ("i nudi", por el enorme cordón blanco que tira de la carroza), vestidos con camisón blanco como sus antecesores. Miles de participantes portan cirios de distintos grosores (los más grandes impresionan por su tamaño y peso, una ofrenda de penitencia a la santa, y por la cantidad de cera ardiendo que desprenden, que dejan literalmente enterradas las calles de la ciudad). Es imposible describir la sensación que produce contemplar a cientos de miles de hombres cargando con pesados cirios, algunos de rodillas, mientras gritan al paso de la santa con el peculiar acento siciliano que todos son devotos suyos. Son sus cittadinni.

El primer día de fiesta es el día de los Candelore, once gigantescos cirios sobres soportes de madera decorados a mano que representan a cada una de los gremios y que son sacados en procesión, siempre en el mismo orden, a hombros de costaleros, acompañados por una alegre música.

Por la noche se cierra la jornada, como cada día, con un impresionante espectáculo de fuegos artificiales, que recuerdan que la santa es la protectora contra el fuego, los rayos y el Etna. Es emocionante también la presencia constante de los bomberos acompañando a la santa.

El segundo día de la fiesta es el del "encuentro" con la Santa, cuyo impresionante relicario gótico de plata cuajado de piedras preciosas -ofrendas de los sicilianos- permanece bajo llave todo el año, en recuerdo de la noche en la que sus restos llegaron a la ciudad de la mano de dos soldados y, ya de noche, todos los habitantes salieron a recibirles vestidos con el sacco, un camisón blanco. Hoy en día, los participantes en la fiesta -en su mayoría hombres, tocados con un pequeño gorro negro, aunque se van incorporando cada vez más las mujeres- siguen vistiéndose con túnicas blancas para rememorar ese momento, en el que cientos de miles de guantes blancos se agitan al aire en señal de júbilo y de bienvenida cuando asoma la santa. Las palabras se quedan cortas para transmitir la espiral de emociones que se desatan.

Ese día se celebra una misa en la Catedral y, a continuación, se lleva en procesión el busto de la Santa por toda la ciudad durante todo el día. El recorrido incluye los lugares donde fue martirizada, una parada frente al mar, para recordar su marcha a Constantinopla y el paso frente a la columna de la peste, para dar gracias porque en 1743 Catania se salvó de la epidemia. Ya entrada la noche, la procesión vuelve a la Catedral por las calles desbordadas de gentío.

El último día de la Fiesta, los claveles rojos que adornan el paso procesional y que simbolizan el martirio, son sustituidos por otros blancos que representan la pureza. A última hora de la mañana se realiza un solemne pontifical concelebrado por todos los obispos de Sicilia.

Por la tarde, la inmensa procesión reanuda su paso por la ciudad, viviendo el momento más intenso en la Via di San Giuliano, con una fuerte pendiente.

De todo ello, de la emoción y devoción de sus gentes, de las apreturas en las calles, de cómo la santa está presente en cada rincón, incluso en la gastronomía, con dulces alusivos a sus pechos, han sido testigos y partícipes en 2006 y 2011 las zamoranas Águedas de San Lázaro. Y para quien esto escribe fue un privilegio vivirlo y contarlo.

 

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