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La ópera más representada del mundo próximamente en Benavente : “La Traviata de Verdi”

Ópera en tres actos de Giuseppe VerdiLibreto en italiano de Franceso Maria Piave según La Dama de las Camelias de Alejandro Dumas hijo.

Dirección musical : Martin Mázik
Dirección de escena : Aquiles Machado
Dirección artística : Luis Miguel Lainz
Diseño escenografía y vestuario : Alfredo Troisi
Decorados : Tecnoscena, (Nápoles-Italia)
Vestuario : Sartoria Arrigo (Milán – Italia)
Calzado : Calzature di Epoca (Milán – Italia)
Pelucas: Artimmagine de Emanuela Passaro (Nápoles)
Orquesta, Solistas y Coros de la Cia. Lírica Opera 2001
Coreografia Matilde Rubio (Ballet Español de Murcia)
REPARTO:
VIOLETTA, soprano: Francesca BRUNI, Héloïse KOEMPGEN, Natalia RISE
ALFREDO, tenor: David BAÑOS, Haruo KAWAKAMI, Eduardo SANDOVAL
GERMONT, barítono: Gullio BOSCHETTI , Paulo RUGGIERO
MARQUÉS D'OBIGNY, Bajo: Nikolay BACHEV
BARÓN DOUPHOL, Barítono: Hhristofor POPOV
GASTON, Tenor: Georgi DEVEDJIEV
FLORA, Mezzosoprano: Roberta MATTELLI
ANNINA, Soprano: Tsvetomira GITSOVA
DOCTOR, Bajo: Zhivko PEYCHEV
* Este reparto es provisional, se ofrece sólo a título informativo y puede sufrir cambios

Violeta es una de las heroínas más populares de todo el repertorio lírico. Sin embargo, al estrenarse LA TRAVIATA escandalizó: ese panfleto contra la burguesía y sus "vicios" –el juego, las mujeres – conoció un fiasco completo...

LA TRAVIATA es uno de los pocos ejemplos de obras líricas directamente sacadas de una obra contemporánea y, desde ese punto de vista, no es extraño que esta ópera prefigure los dramas de la escuela realista.
Independientemente del tema, la partitura se cuenta entre las que muestran al mejor VERDI: la eficacia dramática de la música va acompañada de novedades, sorprendentes en el plano armónico, melódico o rítmico, exhibiendo el compositor una ciencia completamente nueva; el preludio es un ejemplo notable de ello: de golpe, VERDI "describe" lo que será la esencia
misma del drama y anticipa su conclusión; como contrapunto a una rquestación brillante que evoca la vida frívola y ociosa de la heroína, aparecen los dos temas mayores de la obra, el del amor y, sobre todo, el de la muerte. Es de resaltar en particular que VERDI procede musicalmente como a contrapelo: ofrece para empezar la imagen sonora de la muerte de Violeta (que retomará en el preludio del último acto); presenta a continuación el eco orquestal de los sufrimientos de la heroína, y más tarde de su amor por Alfredo; para acabar con la despreocupación de la fiesta parisina sobre cuyo fondo se levanta el telón.

Por otro lado, el gran éxito de la ópera reside en la belleza constante de la escritura vocal, especialmente para el papel de Violeta, primero virtuoso, luego de un lirismo apasionado, a veces mórbido, casi suicida; el último acto es especialmente característico de esta nueva "manera" de VERDI, en la que el análisis psicológico se adelanta a las peripecias externas, hallándose el anto como investido por la profundidad de los sentimientos.

Se impone una lectura más profunda de la partitura en su totalidad – injustamente desacreditada por los estetas y a menudo por los profesionales –: las convenciones no están ciertamente ausentes en ella (las intervenciones corales, la cavatina y la cabaletta del "padre noble" en el segundo acto); pero los hallazgos melódicos abundan; no se puede ser insensible a la extraordinaria plasticidad del recitativo, extremadamente elaborado, no ya "narrativo", sino rico en emociones, donde cada nota parece cargada de intenciones.

En París y sus alrededores en 1850.
Un salón en casa de Violeta.
En el salón de Violeta, "la dama de las camelias" y a la sazón la cortesana más codiciada de París, se celebra una fiesta esplendorosa. La anfitriona se dirige hacia un grupo de
recién llegados: el Marqués de Orbigny del brazo de Flora, y el barón Douphol, con evidente e inútil empeño de atraer la atención de Violeta. De repente aparecen en la puerta dos caballeros: Gastón, un joven noble, quien les presenta a su amigo Alfredo Germont.

Gastón informa a Violeta que Alfredo no ha dejado pasar un día sin preguntar por su estado de salud, durante su larga enfermedad, de la cual acababa de reponerse.
Violeta se levanta para proponer un brindis, pero como el barón se niega a pronunciarlo, la proposición recae en el neófito Alfredo, el cual, en vivo ritmo de vals, tributa homenaje a la hospitalidad, a la belleza femenina y sobre todo al amor. Violeta deja transparentar su emoción y el joven le insinúa sus sentimientos. Violeta promete volver a verle al día siguiente.

La fiesta ha concluido y se acerca el nuevo día. A solas, Violeta trata de apartar los pensamientos de su mente: algo nuevo ha invadido su ser y le infunde miedo, quiere huir
de ello y refugiarse en el delirio de la existencia que ha llevado hasta ese momento, en el torbellino del desatinado "goce de la vida".

Una casa de campo, no muy lejos de París.
Los amantes escapan de la presión de la vida en sociedad y se trasladan al campo, en las afueras de París. Alfredo se encuentra con Annina, la fiel criada que los ha acompañado
al campo. Evidentemente, acaba de regresar de un viaje. Alfredo la interroga sorprendido y ella admite haber ido a París por encargo de su ama para convertir en dinero algunos de sus objetos de valor. Alfredo, que ha vivido todo ese tiempo feliz y despreocupado, decide regresar enseguida a París para reunir de algún modo el dinero necesitado por Violeta.

Llega entonces a la casa de campo el padre de Alfredo. Le pide a Violeta que se separe de su hijo ya que su hija, a punto de comprometerse con un hombre de buena familia, fracasará sin remedio su unión si Alfredo persiste en vivir con una cortesana. Aunque no pueda concebir la vida sin Alfredo, Violeta acepta sacrificarse y redacta dos cartas: una al Barón Douphol para rendirse a sus incansables requerimientos, y otra a Alfredo en la cual le comunicará el deseo de volver a su vida anterior.

Alfredo regresa y, destrozado por la noticia y descubriendo la invitación de Flora al baile que se celebrará esa noche en su casa, se dirige allí en busca de su amada.
El salón de la casa de Flora.
En un grupo de hombres y mujeres disfrazados se comenta la separación de Alfredo y Violeta. Llega Alfredo y tomando asiento en una de las mesas juega alocadamente, ganando con una persistencia asombrosa. Al entrar Violeta, del brazo de su nuevo amante, el Barón Douphol, Alfredo hace alusión a su extraña suerte diciendo que es oportuna, pues necesita mucho oro para poder comprar los favores de una mujer perdida. La joven sufre en silencio este ultraje. Más tarde, Alfredo acabará por arrojarle a la cara una bolsa repleta de monedas y retará al barón en desafío. Llega el padre de Alfredo que, en busca de su hijo y al enterarse del escándalo, le reprende duramente por su inexplicable conducta, diciéndole que Violeta no merecía tal ultraje, pues se había sacrificado tan sólo por su dicha atendiendo a sus instancias. Al enterarse de la abnegación de su amada, Alfredo se refugia avergonzado en los brazos cariñosos de su padre.

ACTO III
Alcoba en casa de Violeta
Esta se halla acostada ya que el terrible mal que anida en su pecho la tiene postrada en el lecho desde hace varios días. Entra en la alcoba el doctor; la ayuda a levantarse, la acompaña hasta un diván y advierte reservadamente a Annina que sólo le quedan pocas horas de vida a su ama. Una carta del señor Germont informa a Violeta que su hijo salió ileso del duelo con el Barón Douphol y que irá a visitarla para implorar su perdón.
Llega al fin Alfredo y se arroja con pasión a sus brazos. El tierno coloquio que sostienen no hace más que precipitar, con su excesiva emoción, el inevitable final de Violeta. En un fuerte acceso de tos expira dulcemente en brazos del único hombre que ha amado de verdad. Alfredo derrama amargas lágrimas de dolor, mientras el doctor y Annina murmuran una plegaria por el alma de la infeliz pecadora que, si mucho pecó, también amó mucho.

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