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La esperanza se llama Gabriel

La esperanza se llama Gabriel

Hace seis días el pequeño Gabriel desaparecía y desde entonces España vive con el alma en vilo el dispositivo de búsqueda del niño, ese niño que sonríe como cualquier niño en una foto difundida por toda España. Una foto con un "desaparecido", con un "se busca" que da escalofríos. Todas las incógnitas, todas las posibilidades están abiertas. Cuesta pensar, cuesta asimilar que en pleno siglo XXI cada día desaparezcan personas, niños y adultos, sin dejar rastro, sin pistas, sin huellas.

Es lo primero que hago al abrir los ojos y supongo que, como yo, toda la gente de bien de este país. Encender el teléfono, consultar las redes sociales. Rezar, desear con todas mis fuerzas. Buscar respuestas, esperar el milagro. No hay día que no me despierte y piense "que aparezca, que ya haya aparecido".

No hay día en que no piense en esos padres; en el rostro de esa madre que recuerda los de las Vírgenes dolientes que sacamos a las calles en el tiempo de Pasión, donde no cabe más pena; en la desesperación de no saber, en la indefensión en que viven todos los niños expuestos a un mundo de hienas sin corazón; en el precipicio, en el vértigo del silencio un día y otro día. Hoy es Gabriel, pero cuántos "gabrieles" salen de casa cada día. Cuánta angustia, qué locura, cuántas preguntas en el viento.

Pasan los días pero no podemos renunciar a alimentar viva la llama, la esperanza, esa fuerza que mantiene en pie a esos padres que esperan el regreso de su hijo a casa, que confían en poder abrazarle de nuevo. Las ganas, el empuje de quienes estando lejos nos sentimos al lado de esa familia como si su pequeño fuese también parte nuestra. Lo es.

La búsqueda de Gabriel, la colaboración de los vecinos, el rastreo hasta la extenuación de las fuerzas de seguridad y voluntarios son acciones que te devuelven la fe en el ser humano, en la solidaridad, en la humanidad. Todo estamos con ellos.

Con muchas incógnitas abiertas y ninguna respuesta, solo espero que esta vez el deseo, el empuje de todo un país pueda más que la maldad, que la sinrazón, que la fatalidad, que la enfermedad y la locura de quien es capaz de hacerle daño a un niño, de romper, de destrozar a una madre, a un padre, a una familia. Porque los niños son sagrados, porque son el futuro, la verdad, la sonrisa que aún salva a este mundo tan podrido. Y que caiga todo el peso de la Justicia sobre aquellos que roban la infancia de cualquier niño.

Si el deseo, si la esperanza tiene un nombre, ahora se llama Gabriel.

Vuelve pronto, pequeño. Vuelve.

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