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Un premio a todas las 'Amelias' de la vida

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Amelia Fresnadillo recoge el premio EVA Amelia Fresnadillo recoge el premio EVA

"La de Amelia es la historia de una mujer más, de una luchadora anónima como tantas luchadoras anónimas, como tantas heroínas con falda y tacones que pasan a nuestro lado".

Las mujeres de AZME celebraban ayer su gala anual de los premios EVA en la que reconocen la trayectoria, el esfuerzo, el trabajo de hombres y mujeres zamoranos que intentan hacer de esta tierra nuestra un espacio más confortable, más habitable, más desarrollado. Hombres y mujeres que hacen de su vida ejemplo sin anunciarse, en el día a día, en la lucha diaria contra corriente, en esta Zamora que se niegan a dejar morir.

Mi corazón, que no tiene el don de la ubicuidad y que ayer estaba ocupado en otras lides, estaba también con ellas. Con Rosa, con Nuria, con Violeta, con Reyes, con Toñi, con Maribel, con Raquel, con Mercedes, con Pilar y Tini, con Cristina, con Renata, con Lorena, con las Anas... con tantas, con todas, tan distintas, tan a su aire, tan complementarias, tan necesarias. Con todas las mujeres de AZME; con un grupo de amigas, de luchadoras, de empresarias y curritas que lleva meses organizando, diseñando una gala que es una fiesta por el trabajo y por la convivencia y el reconocimiento a quienes no cejan en su empeño por construir una Zamora mejor, más rica, más habitable día a día.

Pero corazón manda y ayer el premio se llamaba Amelia. Amelia, mi amiga, mi hermana, esa mujer de aspecto frágil pero fuerte y dura como una roca. Una roca con corazón, una roca volcánica que a veces arde y se calienta y estalla, porque la vida sin pasión, sin caracter, sin arder y estallar, no es vida.

Amelia Fresnadillo. Amelia, la de La Cometa. Amelia, a secas. Amelia,  mi vecina; mi amiga, mi confidente. Amelia, esa mujer que lás que una virtud, tiene casi como un defecto su absoluta entrega al trabajo hasta el punto de olvidarse hasta de vivir, hasta de ella misma, para que todo esté en orden. Esa Amelia perfeccionista hasta la obsesión y demasiado rigurosa consigo misma. Esa Amelia que no sabe lo que es desconectar ni medio minuto y que posee una energía sobrenatural para tener todo bajo control.

La historia de Amelia es la historia de una mujer más, de una luchadora anónima como tantas luchadoras anónimas, como tantas heroínas con falda y tacones que pasan a nuestro lado. Pasó de cuidar niños en su guardería, La Cometa, donde vivía una cierva de tres patitas, a ser un ángel de la guarda para nuestros mayores, esos mayores de la Zamora que envejece sin remisión; un ángel que reparte su tiempo y sus energías entre seis centros geriátricos sin guardarse nada. Para ella es un placer darse, compartir con nuestros mayores, con nuestros maestros de vida, con nuestros ancianos, y no escatima recursos ni esfuerzos en hacerlo como si le fuera la vida en ello. Porque le va a vida en todo lo que hace.

Amelia es un torrente, un tsunami, un reloj sin horas, una trabajadora incansable, una madre coraje, una campeona que venció a un cáncer que casi nos la roba y apostó por la vida. Y se enfundó en pañuelos de colores cuando no tenía pelo y se pintaba los labios de rojo vida cuando no podía ni sonreir. Y se puso en pie cuando el cuerpo ni la sostenía y echó a andar cuando sus pies estaban paralizados por el dolor. Cuántas, cuántas "amelias" tenemos cerca; cuántas superheroínas sin capa.

Amelia es una corredora de fondo a la que habría darle una medalla de oro en salto de obstáculos, que no han sido pocos. Una niña de Cabañales que cruzó el puente y a veces toca el cielo y nos deja tocarlo. Una amiga incondicional, una mujer de pies a cabeza como tantas "amelias" de la vida que no salen en los papeles, que no recogen premios, pero que están representadas en esta Amelia de carne y hueso que ayer subía a recoger su premio, un premio que jamás esperaba, con la memoria de sus padres presente y el cariño y la admiración de quienes conocemos su inmensa entrega, su determinación, su generosidad y su lado terco. Porque Amelia decidió vivir por terquedad, por no cederle ni un pasito a la muerte.

El premio, mi amiga, mi hermana, eres tú. El premio sois todas las "amelias" de la vida que nos allanáis el camino, que nos demostráis cada día que no hay nada más fuerte que una mujer encendida, que no hay nada más invencible que la fe en uno mismo; nada más poderoso que el amor.

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