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La cabeza y el pescado

La cabeza y el pescado La cabeza y el pescado

Los países, como el pescado, empiezan a pudrirse por la cabeza. Si lo de arriba empieza a oler, lo de abajo no tardará en unirse a la fetidez. Si los de arriba se corrompen, los de abajo empiezan a mirar a los honestos como imbéciles o provocadores. Lo cual demuestra que cada gobernante tiene el pueblo que se merece, que se ha ganado a pulso; y no a la inversa, como tratan de hacernos creer.

De acuerdo con lo anterior, para que esto empiece a regenerarse habrá que empezar también por la cabeza. Ya sé que a veces es difícil no elegir a un corrupto en unas elecciones. Los corruptos suelen ser simpáticos, hacen muchas cosas (aunque solo sea por el porcentaje que se llevan) y no paran. Y enfrente, como adversarios, a menudo solo hay tontos: un detalle que se olvida.

Llegan después los tertulianos sin seso –valga la redundancia- gimiendo contra un pueblo que reelige a sus corruptos. ¿Y qué hacemos, oiga? ¿Por no elegir al corrupto, votamos al tonto? ¿Qué es peor? ¡Uf!

Ese dilema nos ha llevado a lo que vemos. Corruptos y tontos están al frente de algunas de nuestras más vitales cosas. ¿Solución? Hay que cortar esas cabezas. Hay que cambiar estos partidos, por otros de nueva planta. O seguiremos corrompidos, tontos y en la ruina.

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