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Agonía en el recuerdo

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Agonía en el recuerdo

Artículo de opinión de Verónica Viñuela

La procesión de esta noche se ha convertido en algo demasiado especial para mí. Bien es cierto que todas y cada una de las Hermandades tienen algo que las hacen únicas e irrepetibles, pero el sentimiento que muestra cada zamorano hacia alguna en especial, no es comparable a nada en el mundo. Ese sentimiento es el que ha desarrollado mi persona hacia el Cristo de la Agonía, el Cristo de la Expiación, el Cristo de las Siete Palabras.

Respeto y admiro a cada paso por igual, pero mentiría si negara mi predilección por unos más que otros. También he de confesar que dicho Cristo y dicha procesión no estaba entre mis favoritas, pero el tiempo y los acontecimientos sucedidos han querido que así lo fuera.

Dicha talla gótica se encuentra durante todo el año entre las paredes de la Iglesia de la Horta, templo que solía frecuentar una persona que tuvo, tiene y tendrá todo mi aprecio. Nunca le di más importancia de la tuvo, pues era un crucificado más que poseía la ciudad. Hasta que sucedió lo que nadie quería que ocurriese: que esa persona se reuniera en el más allá con el Cristo de la Agonía.

De este modo, es él quien ahora está con ella y para estar con ella un ratito, es a él a quien debo buscar. Por ese motivo, el año pasado lo esperé a la salida del templo, en el Arco de Doña Urraca, fui a la Plaza de Viriato a realizar el acto-oración y esperé a su recogida nuevamente. Todo por ella, por ser la única forma que me queda de verla, aunque sea reflejada en un rostro ajeno.

Supongo que os preguntareis quién es la persona a la que me refiero con estas líneas. Muchos la conoceríais, dado que fue siempre una persona muy vital y activa, tanto, que había que llamarla con antelación para poder encontrarla en casa. Me estoy refiriendo a Amparo Pascual Vaquero, mi tía Amparo.

Ella me dejó llena de recuerdos y promesas para toda la vida, pero me marcó a fuego en unas fechas tan señaladas como estas, cuando los domingos íbamos a visitarla, nos encontrábamos con asiduidad en las calles y estaba en el balcón todos los Domingos de Resurrección. No faltaba nunca.

El año pasado en ese mismo balcón, en la madrugada del Lunes Santo había un hueco, justamente el que ella ocuparía. Lo mismo sucedió el Domingo de Resurrección.
Y así se irán cumpliendo semanas, unas santas y otras no tanto y ella no volverá. Solamente me quedará el consuelo de pensar que en el Cristo de la Agonía encontraré aliento, que ella vive en él y que está feliz. Espero que Jesús haya cumplido con su segunda palabra y esté con ella en el Paraíso.

También sé que cuando venga la primavera, y con ella las procesiones, en el momento de encender las velas, las teas o los faroles, ella estará ahí, en las miles de lucecitas que ambientan la ciudad. Y cuando suban o bajen Balborraz, mirará hacia arriba para vernos, aunque nosotros no podamos.

Las letras de esta noche de Martes Santo van dedicadas a ti, tía, aunque no puedas leerlas. Te echo mucho de menos.

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